Santa Luisa de Marillac

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(1581 – 1660)
Santa Luisa, nacida el año 1591, era hija de una familia noble. Huérfana de madre muy pronto, su padre le proporcionó una formación extraordinaria en todas las ramas del saber, además de piadosa y ejemplar. A los quince años quiso entrar en un convento de capuchinas, pero la disuadieron por su delicada salud. Muere entonces su padre y a instancias de sus parientes se casó con el señor Le Gras. dando ejemplo de un matrimonio ideal en que todo era común, hasta la oración. Tuvieron un hijo al que Luisa le tenía un amor sin límites. Quedó viuda a los treinta y cuatro años. Desde entonces decidió entregarse totalmente a Dios y a las buenas obras.

En 1629, Vicente de Paúl que en 1625 había fundado la Congregación de la Misión (Paúles), invitó a Luisa a ayudarle con las Cofradías de la Caridad en las parroquias de Francia. Estas tareas fueron terapéuticas y formativas para su futuro trabajo y el de la familia Vicenciana. Luisa visitaba los lugares donde se prestaban servicio las Hermanas y las voluntarias de la Caridad para asegurarse de la calidad del servicio que se ofrecía; revisaba las cuentas, hacía informes y animaba a las trabajadoras y voluntarias a ver a Cristo en aquéllos a quienes servían.

A través de este trabajo, Luisa obtuvo un conocimiento profundo de las necesidades de los pobres, desarrolló sus cualidades innatas de dirección y buscó estructuras eficaces para el servicio. El 29 de noviembre de 1633 empezó, en su propia casa, a preparar a las jóvenes para atender a las necesidades de los pobres y lograr el apoyo de vivir juntas. De este principio humilde surgió la comunidad de las Hijas de la Caridad. Luisa aportó liderazgo y dirección experta al desarrollo de la red de servicios que ella y Vicente iniciaron. Después de un tiempo de noviciado, Luisa y sus compañeras pronuncian sus votos, en la fiesta de la Anunciación de 1634, fecha en que luego renuevan sus votos en todo el mundo las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.

A partir de entonces, se multiplican las obras en favor de “sus señores los pobres”, como gustan llamarlos. Visita a hospitales. Acogida de niños expósitos. Atención a las regiones en guerra. Se extienden a Flandes y Polonia, y luego a todo el mundo. Crean asilos para pobres y establecimientos para enfermos mentales. No hay dolencia sin remedio para Luisa y sus compañeras.

A principios de 1655 quedaba canónicamente erigida la Congregación de las Hijas de la Caridad. San Vicente les leyó las reglas y les dijo: “De hoy en adelante, llevaréis el nombre de Hijas de la Caridad. Conservad este título, que es el más hermoso que podéis tener”. Contrariamente a lo que ha ocurrido a otras comunidades, también nacidas para atender a los pobres, las Hijas de la Caridad han permanecido fieles a su carisma.

La actividad desarrollada por Santa Luisa era sobrehumana, a pesar de su débil constitución. Cayó agotada en el surco del trabajo el 15 de marzo de 1660. Vicente, también enfermo, no pudo acompañarla a la hora de la muerte. Le envió este recado: “Usted va delante, pronto la volveré a ver en el cielo”. Vicente, cargado de buenas obras, no tardaría en acompañarla.

Los venerables restos de Santa Luisa de Marillac reposan en París, en la casa madre de la Congregación, en la misma capilla de las apariciones de la Virgen de la Medalla Milagrosa a Santa Catalina Labouré.

Fue proclamada Santa por la Iglesia en 1934. En 1960 el Papa Juan XXIII la proclamó Patrona de todos los Trabajadores Sociales. Como esposa, madre, maestra, enfermera, trabajadora social y fundadora, Luisa es un modelo para todas las mujeres